El movimiento comunero

El movimiento comunero, también llamado guerra de las Comunidades, se produjo en Castilla en 1520, poco tiempo después de la llegada del rey Carlos I a la península Ibérica en 1517. Esta rebelión de los Comuneros fue protagonizada por algunas ciudades castellanas, siendo encabezadas por Toledo. En esta entrada se realiza una extensa descripción de la revuelta de las Comunidades, analizando principalmente las causas que llevaron a ello.

Antecedentes. El descontento castellano hacia el rey extranjero

El que sería Carlos I de España y V de Alemania nació en 1500 en Gante. La educación de Carlos fue borgoñona y había sido dirigida por el aristócrata borgoñón Guillaume de Croy, señor de Chièvres. En 1516 muere Fernando de Aragón y Carlos se convierte en rey de España. En 1516, aún siendo regente el cardenal Cisneros, ya empezaron a otorgarse una serie de cargos importantes a flamencos del círculo del monarca, al tiempo que se enviaba dinero español a Bruselas para financiar a la corte de Borgoña. Todo ello provocó recelos en la corte castellana, ya que los nobles veían disminuidos sus privilegios y acceso al poder, sin menoscabar la herida en el orgullo de los privilegiados castellanos al ver que los puestos que ellos consideraban suyos eran dados a extranjeros.

Por otro lado, las ciudades castellanas también estaban dispuestas a defender sus privilegios. Eran muchos los que en España preferían al hermano menor de Carlos, el infante Fernando, que había sido educado en España y gozaba de popularidad frente a un rey extranjero. Para entender con un ejemplo el sentir de los castellanos, el propio Consejo de Castilla se opondría a la idea de que Carlos adoptara el título de rey en vida de su madre Juana, que estaba recluida en Tordesillas, y sólo cedió porque no pudo evitarlo.

A la llegada del rey a España el 18 de septiembre de 1517, los borgoñones habían triunfado en la lucha por el control del monarca, obteniendo los privilegios más valiosos y siendo los principales consejeros de Carlos. Chièvres mantenía alejados de su monarca a los castellanos, que veían como los cargos y el dinero era para unos extranjeros que no se preocupaban de los problemas de España. La sustitución en el puesto del canciller Sauvage, fallecido en 1518, por el piamontés Mercurino de Gattinara, defensor de la idea imperial, fue otra causa de resentimiento entre los castellanos.

Las convocatorias de Cortes y la elección imperial

Una vez en España, Carlos debía de ser reconocido formalmente como rey en las distintas Cortes del reino: Castilla, Aragón, Cataluña y Valencia. En estas convocatorias se aprovechaba para negociar los subsidios que las cortes debían conceder al rey.

Las Cortes de Valladolid (1518)

En la primera reunión de las Cortes de Castilla en Valladolid en 1518, cuya presidencia ya fue para Gattinara, se levantaron protestas. Las Cortes, dirigidas por Juan de Zumel, rechazaron la presencia de extranjeros en sus deliberaciones. Zumel pidió al rey que respetara las leyes de Castilla, que prescindiera de los extranjeros a su servicio y que aprendiera y hablara español.

Ciertamente Carlos juró respetar las leyes de Castilla pero el hecho de que las Cortes le concedieran un subsidio de 600.000 ducados para 3 años sin ningún tipo de condiciones demostró que no tenían medios suficientes para plantear una resistencia constitucional y constituyó una nueva victoria de los borgoñones.

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Figura 1. Fachada de la Iglesia conventual de San Pablo, en Valladolid, sede de las Cortes de 1518. Autor: Rastrojo. Fuente: Wikimedia Commons

Las Cortes de Zaragoza (1518)

En Aragón las Cortes parecían menos dispuestas que los castellanos a reconocer al rey en vida de su madre Juana. En Aragón existían algunos que venían en el infante Fernando una respuesta a sus expectativas. Carlos ya había enviado a su popular hermano a los Países Bajos, pero las Cortes aragonesas solicitaron que al tiempo que juraban a Carlos como rey debían jurar también a Fernando como príncipe heredero. Esa sugerencia provocó algunos enfrentamientos y las Cortes se alargaron en el tiempo. Sólo en enero de 1519 las Cortes de Aragón, reunidas en Zaragoza, reconocieron a Carlos como rey, conjuntamente con su madre, y votaron un subsidio de 200.000 ducados. Tampoco en Aragón había sido fácil para Carlos

La elección imperial

De Aragón pasó a Cataluña, donde las negociaciones se tornaron más largas y duras, a la vez que se plantearon objeciones a sus consejeros flamencos y se produjeron enfrentamientos sobre cuestiones de dinero. Pero en junio de 1519, en Barcelona, Carlos I recibió la noticia de que había sido elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, lo que era un éxito para él ya que consideraba que el título imperial de correspondía por derecho. Aunque, si bien es cierto que algunos españoles comprendían las posibilidades que abría el título imperial de Carlos I, no satisfacía ni impresionaba a la mayoría de súbditos españoles. Éstos deseaban un monarca propio y no compartir a un emperador extranjero. El resentimiento hacia Carlos y el partido borgoñón se iba haciendo más fuerte y permanente.

Hacia el levantamiento. Cortes de Santiago y La Coruña (1520)

Estos resentimientos eran cada vez más intensos y se empezaron a manifestar especialmente en Castilla, donde la hostilidad al nuevo rey, a sus ministros y a su política adoptó la forma e una oposición colectiva con base en las ciudades y encabezada por Toledo.

Para preparar la coronación imperial, obtener dinero y embarcarse hacia Flandes, Carlos I retornó de Barcelona a Castilla y convocó de nuevo Cortes, que se reunieron en Santiago de Compostela en marzo de 1520. Los representantes de Toledo no acudieron a estas Cortes y las restantes ciudades intentaron dar a sus procuradores instrucciones precisas. Hay que indicar que en las Cortes castellanas se reunían los procuradores de diversas ciudades, a diferencia de otras Cortes peninsulares, que tenían características distintas. Las Cortes de Castilla se negaron a conceder el subsidio solicitado por el rey e insistieron en que se analizaran los agravios planteados antes de dar el subsidio. A raíz de ello, Gattinara decidió trasladar la reunión a La Coruña y fue allí donde Carlos I presentó el germen de su programa imperial.

Carlos afirmó que había aceptado el título imperial para hacerse cargo de la defensa de la fe católica contra sus enemigos infieles, en referencia a Lutero, y que España sería la base de su poder. A pesar de este discurso, no consiguió impresionar a las Cortes y , aunque la mayoría de los procuradores habían sido sobornados, el subsidio se realizó con la oposición de 6 ciudades y la abstención de 10, de un total de 18 ciudades. Pero el dinero nunca llegó a recaudarse y las multitudes atacaron las casas de los procuradores que habían votado a favor. Además salió reforzada la mala impresión que Carlos había causado a los españoles dese su llegada a la península.

En resumen, había un gran descontento en Castilla por la futura ausencia del rey para ser proclamado emperador y por los subsidios requeridos para la empresa imperial. Había un particularismo castellano frente al universalismo de la idea imperial de Carlos V y de sus consejeros, como Gattinara. Se veía a Carlos como un rey extranjero que premiaba a los borgoñones. El descontento era patente y no tardaría en salir a la luz.

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Figura 2. Trono del emperador del Sacro Imperio Romano en la catedral de Aquisgrán, lugar de coronación de Carlos V de Alemania. Autor: Holger Weinandt. Fuente: Wikimedia Commons

Otras causas del movimiento comunero

Hasta ahora he incidido mucho en lo estrictamente político, pero también existían otras causas del descontento que llevó al levantamiento comunero.

Descontento en el sector de la industria textil

La industria textil castellana sufría un estancamiento a inicios del siglo XVI, carente de capitales, con escasez de mano de obra, privada de protección e incapaz de competir con los productos extranjeros de mayor calidad. La producción y exportación de lana satisfacía a la aristocracia como propietaria, a los comerciantes exportadores, a la corona por la fiscalidad y a los extranjeros que la compraban. La mayor parte de lana era enviada al extranjero y los manufactureros castellanos eran demasiado débiles para competir por ella y para desafiar a los intereses que convertía a Castilla en exportador de materias primas. Las manufactureras recurrieron a la Corona, pero en vano, pues ni Isabel primero, ni Carlos después, se mostraron dispuestos a ayudarlos. Mientras florecían las exportaciones de lana desde Burgos y Bilbao y el comercio de Sevilla con las Indias, la Castilla interior se sentía marginada. Esta Castilla interior fue el bastión de los comuneros. Los intereses en conflicto eran los de los manufactureros contra los exportadores, los del centro contra los de la periferia.

Conflictos sociales entre las ciudades y la nobleza

Tampoco hay que obviar los conflictos que existían entre las ciudades y la nobleza. Tras pérdida de poder durante el reinado de los Reyes Católicos, la nobleza se había reagrupado, ocupando puestos dirigentes del ejército y compitiendo por puestos de la administración. Luego empezaron a apoderarse de tierras de las ciudades, a usurpar rentas y a incrementar exigencias a sus vasallos urbanos. Los habitantes de las ciudades se sintieron víctimas. Todos estos problemas se agravaron cuando Carlos I pidió dinero en Cortes para su proyecto imperial, con lo que las ciudades se sentían agravadas. Las Comunidades que se acabarían levantando tenían un carácter urbano, con la participación de hidalgos y letrados. Al inicio la nobleza se mantendría al margen, pero después acabaría apoyando al Emperador, viendo los beneficios que le reportaría.

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Figura 3. La Guerra de las Comunidades de Castilla. En morado, las ciudades rebeldes. En verde, las leales al rey. Autor: Rastrojo . Fuente: Wikimedia Commons

El levantamiento de las Comunidades de Castilla

El rey Carlos I de España partió de España en mayo de 1520 hacia los Países Bajos españoles para ser coronado emperador en Aquisgrán. Se marchó rodeado de su corte de extranjeros y en una misión que resultaba ajena a sus súbditos españoles. Durante su estancia en España, Carlos I había causado diversos resentimientos debido a todo lo descrito anteriormente: la pobre impresión causada por el rey, el nombramiento de extranjeros en cargos de responsabilidad, el envío de dinero fuera del reino para apoyar el nombramiento imperial o el desprecio de Chièvres hacia los españoles. La crisis culminó con la marcha del rey y con el nombramiento de un regente extranjero, Adriano de Utrecht, para gobernar Castilla durante la ausencia real. Las ciudades y la pequeña nobleza se rebelaron contra un gobierno al que consideraban contrario a sus intereses y que amenazaba con sacrificar Castilla a una política imperial en el centro europeo.

El levantamiento de los comuneros fue dirigido por Toledo, que ya antes de la partida del rey Carlos había expulsado a su corregidor y establecido una Comunidad. En el mes de junio de 1520 las revueltas se difundieron por gran parte de Castilla la Vieja, expulsando a los oficiales reales y a los recaudadores de impuestos, sustituyendo los Ayuntamientos por Comunidades.

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Figura 4. Litografía del s. XIX de Juan de Padilla, capitán de la milicia de Toledo y los comuneros. Autor: J. Donón. Fuente: Wikimedia Commons

Toledo tomó la iniciativa en el intento de extender la base política del movimiento comunero y en le mes de julio de 1520 convocó una reunión de 4 ciudades en Ávila, de la que surgió una Junta Revolucionaria que organizó un gobierno alternativo y que llegó a obligar al regente Adriano a salir de Valladolid. Poco a poco se sumaron villas y ciudades castellanas al movimiento comunero, como Zamora, Toro, Madrid, Burgos o Salamanca. El destrozo de Medina del Campo por las tropas realistas en agosto de 1520 hizo que aumentase el número de núcleos urbanos sublevados, pareciendo que la causa de las Comunidades podía vencer. En septiembre de 1520 se formaba en Ávila la Junta Santa, que hizo de órgano dirigente y portavoz de los sublevados. Para dar legitimidad al movimiento, los comuneros intentaron el apoyo de la reina Juana, que seguía recluida en Tordesillas.

Las Comunidades ya no eran una causa, sino se habían organizado. Como consecuencia ya no pidieron reformas, sino que empezaron a intentar imponer condiciones al rey. En ese momento comenzaron a producirse divisiones entre revolucionarios y reformistas. La Junta pretendía redefinir la relación entre el rey y el pueblo, sobre la base del principio de que el reino estaba por encima del rey y de que la Junta representaba el reino. Las Cortes ejercerían una función más importante y tendrían el derecho de estudiar sus quejas antes de votar los impuestos; además se debería permitir que los representantes de las Comunidades votaran a sus delegados. Estas posturas más exigentes provocaron que abandonaran el movimiento comunero Burgos y Valladolid, que estaban sometidas a altas presiones por las autoridades reales y la alta nobleza. Cuando la Junta comenzó a reclamar todos los poderes del Estado, los moderados abandonaron la lucha y las fuerzas reales, aprovechando el momento, empezaron a entrar en acción.

El 5 de diciembre de 1520, con la ayuda de la aristocracia y el envío de fuerzas desde Portugal, tomaron Tordesillas, el cuartel general de la Junta y donde se encontraba la reina Juana recluida. Pero los comuneros no estaban aún derrotados, ya que era un movimiento social, además de político, con protagonismo de los sectores medios de la sociedad en contra de la aristocracia terrateniente y sus aliados. El rey Carlos tuvo la habilidad estratégica de nombrar a Fadrique Enríquez e Íñigo Velasco cogobernadores de Casilla junto a Adriano de Utrecht, con lo que alineaba con ellos a los magnates castellanos en favor de la causa real.

Los comuneros iban perdiendo aliados, ciudades y fuerzas. Finalmente fueron derrotados militarmente en la batalla de Villalar el 23 de abril de 1521. Al día siguiente fueron ejecutados los jefes de la rebelión: Juan de Padilla (Toledo), Juan Bravo (Segovia) y Pedro Maldonado (Salamanca). Toledo aún resistiría 6 meses más, con sus fuerzas comandadas por el obispo Acuña, que fue recibido por la ciudad con gritos de “Comunidad” y “Acuña”. Pero Acuña duró sólo un mes, siendo capturado y encarcelado en el castillo de Simancas, donde fue ejecutado. Finalmente, en octubre de 1521, Toledo capituló.

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Figura 5. Los comuneros de Castilla, ajusticiamiento de los capitanes comuneros en Villalar el 23 de abril de 1521. Autor: Antonio Gisbert. 1860. Fuente: Wikimedia Commons

Conclusión

El poder real salió fortalecido tras la victoria contra las ciudades rebeldes y los municipios castellanos aceptaron el sometimiento a la autoridad del nuevo monarca. El absolutismo monárquico quedó como claro vencedor frente a las aspiraciones constitucionales de las ciudades, mientras que la nobleza reafirmó con el triunfo su poder militar, político y social sobre los grupos burgueses, sobre las clases medias urbanas y los sectores campesinos. La alianza entre la corona y la aristocracia había vuelto a funcionar. Finalmente, el rey Carlos dio un perdón general en octubre de 1522, finiquitando el problema que había causado el movimiento comunero. El rey Carlos había resuelto los problemas en Castilla, pero aún quedaba pendiente el problema de las Germanías en Valencia y en Mallorca.

Bibliografía

Floristán, A. Historia Moderna Universal. Editorial Ariel. Barcelona. 2010

Floristán, A. Historia de España en la Edad Moderna. Editorial Ariel. Barcelona. 2011.

Lynch, J. Los Austrias (1516-1700) . Editorial Crítica. 2000

Ribot García, L. Historia del mundo moderno. Actas. Madrid. 2009

 

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Jose Palanca

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